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¿Camuflarse o sobrevivir? Autenticidad, neurodivergencia y el costo invisible de encajar

  • Foto del escritor: Claudia Salas
    Claudia Salas
  • 26 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Por Claudia Salas


En el mundo animal, el camuflaje no es una patología.Es una estrategia de sobrevivencia.

El camaleón cambia de color para no ser visto.El pulpo se vuelve piedra, arena, sombra.El insecto hoja parece una hoja, no porque sea una hoja, sino porque el entorno castiga la diferencia.

Nadie se pregunta si el camaleón “está siendo auténtico”. Nadie le pide al pulpo que “se muestre tal como es”.

Y, sin embargo, cuando hablamos de personas —especialmente personas autistas o neurodivergentes— el camuflaje suele leerse desde otro lugar: como problema, como síntoma, como algo que habría que dejar de hacer.

Tal vez la pregunta no es si el camuflaje existe.Tal vez la pregunta es por qué fue necesario.


El camuflaje autista: qué dice la investigación (y qué no)

En la literatura científica, el camuflaje autista se define como el uso —consciente o no— de estrategias conductuales y cognitivas para adaptarse a un mundo social predominantemente no autista. Incluye desde forzar contacto visual, suprimir movimientos repetitivos, usar guiones sociales, hasta analizar reglas implícitas para “responder bien”.

Una revisión sistemática ampliamente citada —liderada por Laura Hull y colaboradores— analizó 29 estudios en niños y adultos con diagnóstico de autismo o altos rasgos autistas. Sus hallazgos preliminares fueron claros:

  • Las personas con más rasgos autistas autoinformados tienden a camuflar más.

  • Existen diferencias de sexo y género, con mayores niveles de camuflaje reportados en mujeres.

  • Un camuflaje más alto se asocia a peores indicadores de salud mental, como ansiedad, depresión y agotamiento.

Pero la misma revisión advierte algo fundamental:la evidencia es limitada, las muestras no son representativas, las medidas aún están en construcción y no podemos generalizar estas conclusiones a toda la comunidad autista.

Es decir: sabemos algo. Pero no lo sabemos todo.Y mucho menos deberíamos convertir ese “algo” en una nueva etiqueta rígida.

¿Camuflaje o adaptación? El riesgo de patologizar la sobrevivencia


Aquí aparece una pregunta incómoda —pero necesaria—:

¿Estamos llamando “camuflaje” a lo que, en otros contextos, llamaríamos adaptación inteligente a un entorno hostil?

Todas las personas, neurodivergentes o no, modulamos nuestra conducta según el contexto. Eso no se llama camuflaje: se llama vida social.La diferencia es que, para muchas personas autistas, el costo de esa adaptación es mucho más alto, porque el entorno no fue diseñado para su forma natural de procesar, sentir y estar.

Cuando convertimos cada estrategia adaptativa en un “síntoma”, corremos el riesgo de:

  • patologizar formas legítimas de estar en el mundo,

  • sobrediagnosticar sufrimiento sin mirar el contexto,

  • y reforzar la idea de que el problema está en la persona, y no en la relación persona–entorno.


La trampa del discurso de la autenticidad total

En respuesta a esto, aparece otra consigna que suena bien… pero puede ser cruel:

“Sé tú mismo siempre”.

¿Siempre dónde?¿Siempre con quién?¿Siempre a qué costo?

La autenticidad no es un acto heroico permanente. Es una condición relacional.

Nadie —neurodivergente o no— puede mostrarse completamente auténtico en entornos que castigan, ridiculizan o invalidan.

Por eso, tal vez el problema no es “hacer masking”, sino hacer masking con una misma.


La clave puede estar en otro lugar

No en dejar de adaptarse al mundo. Sino en no traicionarse internamente.

  • Reconocer cuándo estoy cansada, aunque “me vea bien”.

  • Escuchar la irritabilidad como señal, no como falla.

  • Respetar mis ritmos, mis límites sensoriales, mis necesidades de descanso.

  • Elegir espacios seguros, íntimos, donde no tenga que traducirme todo el tiempo.

La autenticidad, en muchos casos, no es pública. Es privada primero.

Y desde ahí —con cuidado, con criterio, con elección— puede empezar a expandirse.


Para cerrar

El camuflaje, como en el mundo animal, no habla de falsedad. Habla de sobrevivencia en un entorno que no siempre permite ser.

Tal vez el camino no sea eliminar el camuflaje, sino preguntarnos qué tipo de mundo exige tanto esfuerzo para existir y cómo podemos —individual y colectivamente— construir contextos donde la adaptación no duela tanto.

Porque la pregunta de fondo no es:

“¿Por qué te camuflas?”

Sino:

“¿Dónde sí puedes descansar siendo quien eres?”

Ahí, muchas veces, empieza la salud.

 
 
 

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