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Cansancio que no se quita durmiendo

  • Foto del escritor: Claudia Salas
    Claudia Salas
  • 14 feb
  • 4 Min. de lectura

Hay un cansancio que no se arregla con una buena noche de sueño. Ni con vacaciones. Ni con acostarse más temprano.

Un cansancio que aparece incluso al despertar. Que se instala en el cuerpo antes de que el día empiece. Que acompaña en silencio, aunque desde afuera todo parezca estar en orden.

Muchas personas buscan respuestas a este cansancio persistente, a despertarse agotadas, a una sensación constante de estar “en alerta”, aun cuando su vida funciona y no hay nada grave ocurriendo.

Muchas lo dicen así:

“Duermo, pero no descanso.”

Y suelen decirlo con culpa, como si no fuera un motivo suficiente y si Lo es


Dormir no es lo mismo que descansar

(qué ocurre en el cuerpo cuando despertamos tensas de madrugada)


Dormir es un proceso biológico. Descansar es una experiencia psicológica y corporal mucho más compleja.

Hay mujeres que despiertan a las tres o cuatro de la madrugada con el cuerpo tenso, el corazón acelerado o una sensación difusa de amenaza. No siempre hay un pensamiento claro, no siempre hay una preocupación concreta. A veces solo hay un cuerpo despierto antes de tiempo, como si algo tuviera que ser atendido con urgencia.

Desde lo fisiológico, esto tiene una explicación clara: durante la noche, cuando baja el estímulo externo, el sistema nervioso deja de distraerse. Si el cuerpo ha aprendido a vivir en alerta, ese silencio puede vivirse como peligro. Entonces se activa.

No es insomnio clásico. Es un sistema nervioso que no logra entregarse al reposo.

Psicológicamente, muchas personas describen esa hora como el momento en que todo pesa más: pendientes, culpas, decisiones, escenas pasadas o futuras que durante el día se mantienen a raya. No pueden parar de pensar, asi lo describen. No porque estén “pensando demasiado”, sino porque el control se relaja y aparece lo que estuvo contenido.

Dormir ocurre. Descansar, no siempre.


El cansancio de estar disponibles incluso de noche

Este agotamiento no proviene solo de lo que hacemos, sino de cómo estamos en el mundo.

De estar pendientes. De estar sosteniendo. De estar anticipando.

Incluso al dormir, hay cuerpos que siguen “en turno”. No se apagan del todo.

Eso explica por qué muchas mujeres despiertan más cansadas de lo que se acostaron: el sistema nervioso no tuvo un período real de descarga. No bajó la guardia. Solo cambió de escenario.


Cuando el cuerpo no encuentra pausa

(estrés prolongado y desajuste interno)

El estrés no es, en sí mismo, el problema. El problema es la duración y la repetición.

Desde la investigación en neurofisiología del estrés sabemos que episodios breves de activación intensa generan efectos que se prolongan mucho más allá del momento vivido. Se ha observado, por ejemplo, que una experiencia de estrés agudo de pocos minutos puede generar desajustes en el sistema inmune que persisten durante días o incluso semanas. El cuerpo reacciona como si la amenaza continuara, aunque racionalmente sepamos que no está ahí.

Cuando esta activación se repite, el cansancio deja de ser una señal puntual y se convierte en estado basal.

No siempre se vive como angustia evidente o tristeza reconocible. A veces se expresa como algo más silencioso: falta de vitalidad, pesadez corporal, dificultad para entusiasmarse, una sensación de desgaste que no se logra explicar del todo.

No es ausencia de emoción. Es sobrecarga sostenida.


“No hago tanto como para estar así”

Esta frase aparece con frecuencia y suele venir acompañada de duda y comparación.

Porque este cansancio no se mide por cantidad de tareas, sino por cantidad de carga interna. Por cuánta atención constante, cuánta responsabilidad emocional, cuánta autoexigencia invisible se sostiene día tras día.

Hay trabajos que no figuran en ninguna agenda: regular climas emocionales, anticipar conflictos, sostener a otros, mantenerse funcional incluso cuando por dentro algo está pidiendo pausa.

El cuerpo sí registra ese trabajo. Aunque nadie más lo vea.


Descansar también se aprende (y no todos descansan igual)

Hay una pregunta que he comenzado a hacer en consulta y que parece obvia, pero no lo es:

“¿Sabes descansar?”

Muchas de mis queridas pacientes se quedan en silencio. O se sorprenden. O dicen que sí… y cuando profundizamos, aparece otra cosa.

Cuando pregunto cómo descansan, la respuesta suele ser desconexión: dormir de más, ver series sin parar, evadirse, desaparecer un rato. No porque esté mal, sino porque es lo único que conocen como pausa.

Pero descansar no es necesariamente quedarse quieta. Ni contemplar. Ni “no hacer nada”.

Hay personas que descansan caminando, ordenando, creando, moviéndose. Otras descansan en vacaciones; otras colapsan ahí, porque cuando cae la estructura externa aparece el cansancio acumulado.

Incluso para descansar hay clichés. Y no todos las personas encajamos en ellos.

Descansar tiene menos que ver con la forma y más con la sensación interna de seguridad. Con si el cuerpo siente que puede bajar la guardia sin consecuencias.


El cuerpo pide algo más que sueño

Por eso, este cansancio no se resuelve solo con hábitos ni con técnicas aisladas. El cuerpo necesita señales más profundas de que ya no tiene que sostenerlo todo.

Señales como:

  • límites reales

  • menor autoexigencia

  • espacios donde no se espera rendimiento

  • vínculos donde no haya que estar siempre disponible

Cuando esas señales no existen, el cansancio persiste, aunque durmamos.



Si te despiertas cansada aunque duermas…si descansar te inquieta más de lo que te alivia…si el agotamiento se volvió parte de tu forma de estar…

No es casualidad. Es el cuerpo hablando de una forma de vida que ya pesa demasiado.

En el próximo texto profundizaré en algo que suele aparecer aquí como telón de fondo: ansiedad sin causa clara.

 
 
 

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