Funcionas… pero a qué costo
- Claudia Salas
- 7 feb
- 4 Min. de lectura
Muchas mujeres buscan respuestas a un cansancio persistente, ansiedad que no se va y una sensación constante de estar “en alerta”, aun cuando su vida parece estar en orden
Si estás leyendo esto, probablemente eres de las que funcionan. No a ratos. Siempre.
Cumples, respondes, sostienes, resuelves. Sigues andando incluso cuando estás cansada, confundida o emocionalmente al límite. Y muchas veces te dices —o te dicen— que no tienes motivos reales para estar así. Que tu vida “super bien”. Que deberías poder con esto.
Yo veo a mujeres como tú todos los días. Sin duda también me sumo al grupo. Y no desde el juicio, sino desde la cercanía clínica que da escuchar, una y otra vez, la misma pregunta formulada de distintas maneras:
“¿Por qué si funciono, me siento tan agotada?”
Este texto no es para explicarte qué te pasa desde afuera. Es para hablarte desde adentro, desde lo que veo, siento y reconozco en quienes llevan demasiado tiempo sosteniendo.

Ansiedad… o un sistema nervioso que aprendió a no soltarse
Tu sistema nervioso no piensa en términos morales. No decide si eres fuerte o débil. No evalúa si “deberías poder”.
Tu sistema nervioso aprende.
Aprende a partir de la experiencia, de la repetición, del clima emocional en el que viviste. Aprende qué es seguro y qué no. Aprende cuándo bajar la guardia… y cuándo no hacerlo jamás.
Cuando una persona vive durante años en contextos de alta exigencia, imprevisibilidad emocional, sobrecarga relacional o responsabilidad temprana, el cuerpo hace lo único que sabe hacer para protegerla: se mantiene alerta.
No porque el peligro esté siempre presente, sino porque alguna vez lo estuvo y de pronto cuesta enterarse que ya pasó.
Esto es importante: muchas mujeres llegan diciendo que tienen ansiedad “sin causa clara”. No recuerdan un trauma grande, un evento dramático, algo que justifique lo que sienten. Sin embargo, viven con el cuerpo tenso, el pecho apretado, el sueño liviano, la mente siempre un paso adelante, a veces, varios kilometros mas adelante.
Desde la neurofisiología, eso no es un misterio. Es un sistema nervioso que aprendió que relajarse tenía un costo.
Quizás cuando bajabas la guardia, algo se desordenaba. Quizás cuando no estabas atenta, alguien te necesitaba, algo o alguien quedaba desprotegido. Quizás no había espacio para fallar, cansarte o decir “no puedo” o no quiero más.
El cuerpo no olvida eso. Y a veces, nosotras tampoco.
Cuando el cuerpo aprende, la identidad se organiza alrededor de eso
Aquí pasa algo clave.
Cuando el cuerpo aprende una forma de estar en el mundo, con el tiempo esa forma deja de sentirse como una estrategia y empieza a sentirse como quién eres.
“Soy así”. “Siempre he sido exigente.”“Me cuesta parar.”“Soy muy sensible.”“Soy intensa.”
Pero la pregunta terapéutica no es si eso es verdad. La pregunta es cuándo empezó… y para qué sirvió.
Porque muchas de las características que hoy te pesan fueron, en su momento, lo que te sostuvo.
Tal vez:
leer el ambiente te permitió anticiparte y evitar conflictos
hacerte cargo te dio una sensación de control
exigirte fue la manera de no fallar
no necesitar demasiado fue la forma de no depender
Eso no es patología. Es adaptación inteligente.
El problema no es haber aprendido a funcionar así. El problema es seguir haciéndolo cuando el cuerpo ya está cansado de sostener lo mismo.
Y aquí se produce el quiebre: la estrategia que antes protegía, ahora drena.
Funcionas… pero el cuerpo empieza a pasar la cuenta
Cuando una estrategia deja de servir, el cuerpo no se queda en silencio.
Aparecen el cansancio que no se quita durmiendo, la ansiedad que surge “de la nada”, las taquicardias, los problemas digestivos, el insomnio, la sensación de estar siempre al límite aunque objetivamente no esté pasando nada grave.
Muchas mujeres dicen en consulta:
“Mi cuerpo me está fallando.”
Yo suelo responderles algo distinto:
“Tu cuerpo está haciendo exactamente lo que sabe hacer: intentar autorregularse.”
La autorregulación no es una técnica ni un ejercicio de respiración. Es un proceso biológico organizado. El cuerpo busca constantemente volver a un estado de equilibrio. Cuando no puede hacerlo de forma suave, sube el volumen.
El síntoma no aparece para arruinarte la vida. Aparece cuando las señales más sutiles no fueron escuchadas.
Esto no es una metáfora poética. Es fisiología.
El cuerpo no es tu enemigo, aunque a veces lo parezca
Sé que cuesta creerlo cuando duele, cuando asusta o cuando limita.
Pero el cuerpo no está en contra tuya. El cuerpo dice lo que tú aprendiste a callar.
Dice:
que estás cansada de sostener
que ya no puedes seguir funcionando igual
que necesitas otra forma de estar
Por eso, intentar “controlar” el síntoma sin escuchar lo que comunica suele fracasar. No porque estés haciendo algo mal, sino porque no se puede silenciar un mensaje sin atender su contenido.
Aquí es donde muchos procesos terapéuticos quedan cortos: cuando se enfocan solo en entender, explicar o narrar, pero no en ayudar al sistema nervioso a aprender otra forma de sentirse a salvo.
No es un trastorno: es una adaptación que ya no te sirve
Esto es importante decirlo con cuidado, pero también con claridad.
No todo lo que duele es un trastorno.No todo lo que incomoda es una falla.
Cada vez más modelos en psicología del estrés crónico, del trauma relacional y de la neurodivergencia coinciden en algo fundamental: muchos síntomas no son errores del sistema, sino respuestas coherentes a historias de sobreexigencia prolongada.
Adaptaciones eficaces. Brillantes. Costosas.
El problema no es haberlas desarrollado. El problema es seguir exigiéndote funcionar igual cuando el cuerpo está pidiendo otra cosa.
Y a veces, no solo el cuerpo no lo sabe. Nosotras tampoco. (Hablar del cuerpo y nosotras es una forma mas bien metaforica para diferenciar el funcionamiento automatico-involuntario, del pensamiento, es mas como un ejercicio)
Porque nadie nos enseñó a descansar sin culpa. A estar sin rendir. A sentirnos seguras sin estar en alerta.
Si funcionas, pero estás cansada…si no puedes parar aunque quieras…si tu cuerpo empezó a decir basta antes que tú…
No estás fallando. Es que has sostenido demasiado por demasiado tiempo.
Y aprender a soltar esa forma de sobrevivir no es rendirse. Es empezar, por fin, a habitar tu vida desde un lugar más seguro.
En el próximo texto profundizaré en ese cansancio que no se quita durmiendo, y en por qué descansar puede sentirse tan amenazante para algunas mujeres, si quieres que escriba sobre otro tema, hablame por instagram @claudiasalas.psicologa



Comentarios