El desafío de Sostener las propias riendas

Sostener las riendas también cansa
Estos días aparece una y otra vez, como las personas que achicando el radio de su vida sin darse mucha cuenta. ¿Qué quiero decir con esto? Salen menos. Prefieren lo cercano a lo lejano, la caminata de veinte minutos a la escapada de fin de semana, la conversación de a dos a la junta de diez. Se guardan tiempo para recuperarse, como quien reserva batería para lo esencial.
Y aun con todo eso resuelto, siguen cansadas. Peor: hasta los planes agradables, los de baja exigencia, las dejan con el cuerpo pidiendo cama. No tiene nada que ver con que sea agradable o desagradable, pues puede ser una salida con amigas, risas, rica conversa, harto regaloneo, pero igualmente, necesitas un par de días para reponerte.
Eso puede desconcertar. No es que evitar el mundo no alivie. Es que, a veces, el mundo agradable también cobra.
Es común escuchar algo parecido a esto: "fui a almorzar donde mi hermana, la pasé increíble, nos reímos harto, y llegué a la casa a dormir siesta como si hubiera trabajado un turno completo". No hay nada raro en el relato. No hubo conflicto, no hubo exigencia, no hubo nada que objetivamente pesara. Y sin embargo el cuerpo pasó la cuenta igual. ¿Serán las hormonas? ¿Cansancio acumulado? ¿Las vibras?
El costo de estar presente
Estar con otra persona no es gratis, aunque el encuentro sea corto y bueno. Prestar atención a lo que necesita, leer su tono, ajustar el propio, sostener la sonrisa, hacer un comentario gracioso en el momento justo: todo eso ocupa recursos reales, no es una forma de hablar. Siempre lo pienso como aplicaciones que usan mucha batería. Un café de cuarenta minutos con una amiga querida puede costar tanto como una hora de trabajo concentrado, aunque en la agenda figure como "tiempo libre".
Cuando ese gasto se repite sostenido por años, el gasto de las crisis o de estar hiperalerta, complaciendo o intentando rendir… el cuerpo deja de distinguir entre el encuentro que exige y el que no. Cobra por igual.
Yo puedo sola
Este patrón aparece con más fuerza en personas que atravesaron etapas críticas siendo la que sostenía, la que resolvía, la que no tenía a quién delegarle nada. No por elección, casi siempre por necesidad: en algún momento nadie más se iba a hacer cargo, así que se hicieron cargo ellas, y el cuerpo aprendió que la única velocidad segura era la alta.
Esa hiperfuncionalidad, con el tiempo, se vuelve identidad. Uno deja de notarla como esfuerzo y empieza a vivirla como personalidad: "es que soy así, resuelvo todo rápido, no me gusta depender de nadie". Yo pensaba que descansaba haciendo. Y en parte es cierto. Pero debajo hay un sistema que trabaja a una marcha que nunca terminó de elegir.
El caballo y las riendas
Este tema me da la sensación o una imagen más bien de un caballo o yegua bien grande, y fuerte, acostumbrada a correr. Se le pueden poner riendas y sostenerlas con firmeza. Pero sostener las riendas de una criatura así de fuerte, no sale gratis, cansa los brazos, cansa la espalda, cansa aunque la yegua vaya solo al trote. Frenar a alguien que aprendió una sola velocidad no es apretar un botón de pausa. Es trabajo físico y sostenido, aunque desde afuera parezca que no se está haciendo nada.
Darse cuenta también cansa
Hay otro cansancio, más silencioso, que casi nadie nombra: el de la conciencia misma. Cuando alguien empieza a reconocer sus propios gatillos, a notar el segundo exacto en que se activa la alerta, ese reconocimiento consume energía real. Al principio, saber cansa más que no saber. Es contraintuitivo, porque se supone que la conciencia debería aliviar, y a veces lo primero que hace es agotar más. Notar que se está sosteniendo la sonrisa, que se está midiendo cada palabra, que el cuerpo lleva media hora en tensión sin haberlo decidido, es un trabajo extra que se suma al resto.
Invitarse con cariño
Lo que se trabaja en consulta con este patrón no es una técnica de relajación. Se parece más a aprender un tono nuevo para hablarse a una misma. Invitarse, con cariño, a andar más lento. Decir "esto no lo quiero" sin necesitar una razón que lo justifique. Invitarse a dormir sin que eso cuente como pereza. Dejar el espacio que se abre cuando termina un proyecto sin llenarlo de inmediato con el siguiente, aunque la costumbre empuje a hacerlo. A veces la invitación es diminuta: no contestar el mensaje apenas llega, quedarse un rato más en la cama sin culpa, cancelar un plan sin dar tres razones para justificarlo.
Nada de esto tiene que ver con un diagnóstico. Es una forma de estar en el mundo, construida casi siempre por necesidad y no por elección. Y como se construyó de a poco, se puede aflojar de a poco también: no de un tirón, con la misma paciencia con que se armó.
En lo personal, he vivido y visto que cuando se vive con intensidad, la tendencia inicial del cuerpo es al desajuste: cuesta más sostener la calma que lanzar todos los recursos disponibles, o inventados, a resolver algo. Y es frustrante, porque están las ganas de seguir, de hacerlo todo.
Pero probablemente ya descubriste, en el mejor de los casos, que no es posible sostener esa energía sin desgaste de material. Y esta bien.





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